Profra. María Jesús Gracia López
Un tema recurrente en los últimos días en los diferentes
espacios públicos y privados de discusión, que ha
llamado la atención de la sociedad en general, es la
decisión del Poder Legislativo Federal de hacer
obligatoria la educación preescolar en nuestro país. Sin
embargo, esa pretensión tiene varias implicaciones que
habrían de ponerse sobre la mesa para su discusión, ya
que son relativas a aspectos sociales, políticos,
pedagógicos, culturales y económicos que no pueden dejar
de considerarse y que nos atañen a todos los mexicanos
sin excepción.
La obligatoriedad de la educación preescolar, pese a ser
planteada como un programa de incorporación progresiva
de los tres grados de educación preescolar al Sistema
Educativo Nacional: 3° en el 2004, 2° en el 2006 y 1° en
el 2008, requiere básicamente vislumbrar una reforma que
considere el verdadero sentido de este concepto, no sólo
en el ámbito organizativo, sino en lo referente al
diseño curricular y sus sustentos pedagógicos y
epistemológicos, donde se contemple además un programa
formal y permanente de capacitación y actualización de
docentes en servicio, se planteen dinámicas y caminos
diferentes a los utilizados tradicionalmente para la
capacitación y se provoque un enfrentamiento directo de
las y los docentes y directivos del nivel con la nueva
propuesta educativa. Esta tarea debe iniciar ya con la
finalidad específica de fortalecer el trabajo docente en
este nivel educativo, y no esperarse a que la
obligatoriedad como tal se consolide en las
instituciones preescolares.
Desde esta perspectiva, las cosas no parecen tan
sencillas, ya que un programa permanente, nacional y que
utilice diferentes caminos de comunicación y
actualización no resulta tarea fácil; en ese sentido, la
reforma debe llegar a las aulas y a los maestros a
partir de la reflexión de lo que se hace o deja de hacer
en las aulas preescolares.
En lo referente a la cobertura de atención en el nivel,
por fortuna, nuestro estado es privilegiado, pues
actualmente los informes arrojan un porcentaje que del
98.5% de atención a la demanda de niñas y niños de cinco
a seis años de edad, ya que desde años atrás se viene
manejando prioritariamente la inscripción educativa para
el tercer grado y si la capacidad instalada lo permite,
se aceptan además a niños de cuatro a cinco años, los
cuales se ubican en segundo grado.
Bien, sigamos pues intentando descifrar qué sucederá en
el ámbito nacional al cumplirse los plazos mencionados y
pensando en otras entidades federativas, que no son
pocas, donde la cobertura de atención es muy limitada
debido a características geográficas y contextuales, y
se pretenda cumplir con el decreto de la obligatoriedad
de la educación preescolar en todos sus grados, una vez
que la iniciativa sea aprobada, ¿la infraestructura será
suficiente? ¿Habrá espacios escolares en todas las
comunidades en donde exista población en edad
preescolar? ¿En qué condiciones y de dónde se obtendrán
los docentes que se requieren para dar atención a la
demanda? ¿Cuál será la fórmula utilizada para no ser
excluyentes en la atención a la población susceptible de
ser considerada para tal educación? Éstas son, entre
otras, algunas de las interrogantes que nos planteamos
cotidianamente, mientras el 2004 se acerca, pero no son
todas y quizá sean las menos trascendentes.
Una vez planteados algunos de los posibles nudos de esta
iniciativa, tan largamente postergada, intentaremos a
continuación vislumbrar las bondades de la
obligatoriedad del nivel.
Desde una perspectiva personal, una de las exigencias
que genera la obligatoriedad es una reforma curricular
profunda y especialmente centrada en la atención a las
necesidades básicas de aprendizaje de los niños, la cual
contemple un plan de estudios para la educación
preescolar y programas con propósitos y contenidos
diferenciados para cada grado escolar (donde los
procesos cognitivos así como los referidos a los
diversos campos de desarrollo del niño, se fortalezcan
permanentemente); lo que garantizaría continuidad y
profundidad en los aprendizajes y las acciones
educativas, evitando con ello las repeticiones de
contenido y las actividades sin reto y sin sentido para
las niñas y niños que cursen este nivel. Si ese es el
enfoque y el sentido de dicha reforma, nos atrevemos a
asegurar que la reforma ya se ha emprendido desde los
niveles de la formación inicial de docentes, ya que éste
es el enfoque que se encuentra implícito y explícito en
el Plan y Programas de Estudio de la Licenciatura en
Educación Preescolar 1999 que se lleva a cabo en las
escuelas normales preescolares del país. En ese sentido,
la reforma ha avanzado ya en una de sus vertientes de
atención: la formación de nuevos docentes.
Por otra parte, el carácter de obligatoriedad del nivel
demanda un importante trabajo de replanteamiento de los
propósitos del mismo, que contengan una clara definición
de la misión de las instituciones preescolares y el
establecimiento de un fuerte programa
pedagógico-educativo, más que asistencial, que tienda a
fortalecer en toda la población que asiste a los
jardines de niños, el desarrollo de las capacidades,
habilidades y las potencialidades de las niñas y niños
de edad preescolar.
Los beneficios de tal decisión son diversos, entre ellos
se pueden mencionar el aumento o permanencia de la
matrícula de las escuelas normales que ofrecen la
Licenciatura en Educación Preescolar, por lo que el
normalismo en este sentido, tendería a permanecer y
fortalecerse. Además está la posibilidad de que la
población en general acceda a mayores niveles educativos
por la solidez de los cimientos que deberá ofrecer el
nivel a todos sus egresados, la estructuración de un
sistema de educación básica bien articulado en el cual
cada nivel educativo que lo integra tenga su razón de
ser; es decir, que tengan sentido y significado per se
pero dentro de un programa integrado de educación.
Asimismo, se podría obtener el logro de mayores niveles
de eficiencia terminal en la educación básica y los
posteriores a ésta, así como la oportunidad de generar
seres más reflexivos, autónomos, críticos,
constructivos, autogestivos, en los cuales se hayan
atendido desde la educación preescolar sus necesidades
básicas de aprendizaje y desarrollado y fortalecido
todas sus potencialidades.
Es apasionante pensar en todo lo que se puede lograr con
una reforma curricular claramente planteada, pero sobre
todo, bien entendida y aplicada. ¡No podrían ser
cuantificables los logros que estarían por llegar! Una
razón de este optimismo se encuentra en la riqueza de
experiencias educativas que tendría un niño que haya
cursado tres grados de una educación preescolar; en
quien se pudiera reflejar con transparencia el trabajo
compartido y coordinado de diferentes docentes que
tengan claridad de lo que pretenden lograr
educativamente con los niños; donde haya una continuidad
del sustento (discurso hablado y escrito) con las
prácticas diarias de las y los docentes; donde el
conocimiento y las decisiones pedagógicas marquen la
diferencia de las actividades que cotidianamente se
realizan en el jardín de niños, muchas de ellas carentes
de sentido educativo y más bien matizadas por una serie
de mitos.
La obligatoriedad de la educación preescolar, viejo
anhelo de las y los docentes y directivos del nivel será
en breve una realidad y el reto que la misma nos plantea
es verdaderamente fuerte; el trabajo de sensibilización
ya se hizo, es tiempo de pasar a la acción, a los
hechos, a demostrarnos que podemos hacer de este nivel
educativo un buen peldaño, una buena base, un excelente
cimiento de la pirámide educativa en donde hay una
confianza en nuestro hacer, pero especialmente en el
reconocimiento de las potencialidades que son posibles
de desarrollar, fortalecer y atenderse desde la
educación preescolar.
Aún cuando la reforma constitucional y curricular esté
programada para iniciar en el 2004, hoy es tiempo de
actuar, tomar decisiones pedagógicas, prepararnos y
enfrentar desde ya el nuevo reto de ofrecer una
educación preescolar de excelencia... ¡pensemos en
grande y actuemos en consecuencia!.